Sobre Messi y la justicia
Sobre Messi y la justicia
Algo no nos sentaba bien. Habíamos disfrutado durante muchos años la carrera de Lionel siendo plenamente conscientes de su grandeza e importancia para la historia del deporte. Pero algo nos faltaba. Y ya habíamos perdido prácticamente toda esperanza de que aquello que más deseábamos, él y nosotros, fuera realidad. El sueño parecía cada vez más lejano, y post Rusia 2018 todo parecía indicar que nos íbamos a tener que conformar con lo que habíamos visto. Que no había más nada. Tuvimos que contemplar la posibilidad de que nunca fuéramos a alcanzar la alegría máxima, de que íbamos a tener que convivir con esa parte que nos faltaba para siempre. ¿Cómo aceptar que no vamos a ver nunca a Messi levantando la Copa del Mundo? Si lo soñamos toda nuestra vida. Nos decíamos a nosotros mismos que no hacía falta, que todo lo que nos había hecho disfrutar era suficiente. Quizás sea cierto, pero también es cierto que cada vez que miráramos imágenes y videos suyos nos íbamos a lamentar por dentro que no ganara el Mundial. Por nosotros y también por él. La espina iba a quedar para siempre. Como quien ve una obra increíble pero sabiéndola incompleta, y con la curiosidad de cómo hubiera sido terminada carcomiendo por dentro. Pero llegó Qatar 2022. La esperanza por las nubes por cómo se habían dado los últimos dos años de la Selección, un país en vilo necesitado de alegría y razones para festejar y un plantel representando a flor de piel la camiseta y el sentir de la gente. Llegábamos expectantes, pero con el recurrente pensamiento que nos había dado la experiencia de que en un Mundial puede pasar cualquier cosa. Este Messi más viejo, pero también mas sabio, regulando acciones, carreras, movimientos, desplazándose más lento como quien se sabe superior al resto, fue sin dudas el mas emocionante que hemos visto. No es el pibe deslumbrante que gambeteaba de a 6 rivales y la clavaba en el ángulo. Éste la esconde, la guarda, la mueve de acá para allá. La belleza está en el detalle, en los controles, en los toques. En el pase que nadie vio a Molina contra Holanda. En el giro de cintura a Gvardiol en la semifinal. En el control-pase, todo en el aire, que rompe al equipo francés en la final. Messi había declarado (y sigue declarando por ahora) que era su última Copa del Mundo. La última bala. Y Messi luchó. Fue un hombre luchando contra la injusticia. Contra la injusticia de su propia carrera y la de un deporte que le había negado a su mayor exponente su anhelo máximo. Y ganó. Por fin el bien ganó. Esta vez los buenos ganaron y la alegría es total y para siempre. Los festejos que se generaron en todo el país reflejaron que la felicidad fue consecuente con lo que nos costó el camino para llegar hasta acá. Y consecuente con el peso que tenía nuestra ilusión. Messi casi no lloró. Apenas unos pocos segundos después del último penal, abrazado a sus compañeros. Toda la tensión contenida que liberó, por ejemplo, en la corrida y llanto de los penales contra Holanda en 2014, en el festejo con bronca en Ecuador en 2017, y en el quiebre emocional arrodillado en pleno suelo del Maracaná, esta vez se transformó en una tranquilidad impropia de estos momentos. Reflejada no solo en la forma de festejar, yendo a buscar a su familia con una sonrisa enorme y diciendoles que "ya está", pero también 6 minutos antes, por la forma de patear su penal y de festejarlo, de cara a la hinchada argentina, con una confianza inusitada y el gesto mordiendo la lengua con los dientes, como diciendo “es ahora”. Nunca se vivió con tanta fuerza la sensación de “es ahora”. Y él lo sabía más que nadie porque la experiencia así se lo había demostrado. ¿Cómo explicar que todo un país comparta la misma sensación interna de que era ésta? Que aunque sigan entrando franceses desde el banco, Mbappé siga gambeteando y nos hagan sufrir hasta el final, pase lo que pase esta vez nos iba a tocar a nosotros. Que tenía que haber una razón para que el camino recorrido haya sido tan sufrido, que no podía desembocar en otra tristeza, que esta historia tenía que tener un final feliz. Y lo tuvo. Era ahí, hace 6 meses, y es para siempre. Cotidianamente nos encontramos con pequeñas injusticias que debemos aceptar porque el mundo es imperfecto. Encontramos al universo como un sinfín de pequeñas (y a veces no tan pequeñas) injusticias, de sinsentidos, de imperfecciones, y para quienes nos habíamos resignado a aceptar que las cosas no suceden por algo, sino que simplemente suceden, éste triunfo de Messi nos genera la esperanza de que quizás, al final de todo, haya algún tipo de justicia en el universo que justifique luchar y recorrer el camino por más difícil que sea. Cada vez que repasemos esta Copa del Mundo, nos recordaremos que cuando más tenían que darse las cosas de una manera, así sucedieron. Que la consecución de tristezas y derrotas que tuvimos que sufrir solo fueron parte del viaje para que la alegría sea más grande. Y también nos recordará que no debemos perder la esperanza que de que al final de todo las cosas sí sucedan por algo, que quizás algo de esto tenga sentido y de que, a pesar de que no siempre se nos dé, debemos luchar para que las injusticias sean cada vez menos injustas. A partir de ahora Messi será eso. La prueba de que fuimos felices, y la esperanza de que algún día tengamos nuestra pequeña victoria en aquello por lo que peleamos.
A 6 meses de Argentina campeón del mundo en Qatar.
Manuel Rial
que hermoso manuu!!! ♡♡♡
ResponderEliminarNo sé quien sos porque está anónimo pero muchas gracias💙
Eliminar¡Ya no duele y no va a doler! El más grande logró lo más grande; ser la imagen de la insistencia y la revancha. Y vos lo pusiste en las palabras perfectas. Hermoso.
ResponderEliminarPor suerte se le dio! Muchas gracias por las palabras.
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